HISTORIAS


LA MANTA NEGRA

Enrique, caminaba hacia ya un par de horas por aquel camino de tierra y piedras, eran cerca de las dos de la madrugada, según calculaba él y aún faltaba un par de kilómetros más antes de llegar a su hogar.
Era una noche de cielo estrellado con una gran luna llena, el camino se perdía en el horizonte.
Enrique, había pinchado la rueda de su bicicleta, entonces tuvo que dejar la bicicleta en casa de Amanda su novia. De no ser así, aquel viaje, hubiese sido más liviano, quizás hasta hubiese disfrutado más de la noche contemplando la luna y las estrellas, mientras pedaleaba. Pero caminaba contento, pronto sería el esposo de Amanda y quizás se instalaría a vivir en un pequeño terreno que le había ofrecido su suegro, quien lo tenía en mucha estima.
Algunas nubes comenzaron a asomarse desde el oeste y una brisa fresca que provenía del valle, traía los olores típicos de las cercanías del río.
Se acercaba al cerro negro, un pequeño cerro rocoso, con escasa vegetación y que era del mismo color negro a todas horas, incluso con la más brillante luz del sol, aún así parecía estar bajo una gran nube gris cubriéndolo todo el tiempo. Frente del cerro, se erigía el cementerio del lugar, un cementerio antiguo, nadie sabía el origen, sólo algunas historias de un viejo convento de padres franciscanos o jesuitas, quienes utilizaron la parte trasera de ese convento, para enterrar a los miembros que fallecían. Las cruces y las lapidas tomaban una tonalidad espeluznante y los pequeños arbustos y árboles, desgajados, parecía almas en pena, un lugar que hacía erizar la piel, sobre todo si uno se encontraba caminando solo a mitad de la noche.
Repentinamente las nubes comenzaron a hacerse mas grandes, las sombras cubrían a ratos el camino, la suave brisa, comenzó a convertirse en un viento moderado, la vegetación del cementerio parecía inclinarse y hace reverencias.
Enrique, subió el cuello de su chaqueta y metió las manos en sus bolsillos. Repentinamente se escuchó un ruido que interrumpió el silencio de la noche, como si mil caballos desbocados corrieran salvajemente. Enrique miró hacia atrás, una carroza negra tirada por cuatro corceles, aparente del mismo color, venía en una salvaje carrera, de pronto el camino, pareció angostarse más de lo normal. Enrique, pensó que tal vez la carreta lo arrollaría si no se salía del camino, así que se hizo un lado y comenzó a hacer señas, con la intención de que pudiera ser alguien conocido, que lo recogiera y llevara a su casa. Pero tan veloz venía la carroza, que no se pudo percatar quién era el conductor o si era alguien familiar.
Se tuvo que tirar de bruces, hacía una zanja que estaba aledaña al camino, porque vio que aquella carroza ocupaba todo el camino y parecía hacerse más grande a medida que se acercaba, incluso, los corceles, le parecieron increíblemente grandes y espantosos, dando bufidos y relinchos que hicieron estremecer su cuerpo.
Una gran nube de polvo dejo aquel espectral carruaje, el relincho de los caballos se escuchaba, aún a lo lejos, cuando la carroza, casi no se notaba ya en la oscuridad.
Cuando pasó cerca de él, creyó escuchar que algo caía, un estruendo de madera partiéndose en el camino, pero sólo percató, cuando la nube de polvo, se desvaneció por completo.
Una caja de madera, se había caído de la carroza y sus dueños no se dieron cuenta, corrió hasta el lugar y entre los despojos notó algo oscuro, quizás un vestido, cortinas o algo parecido.
Enrique retiro las tablas y una manta de castilla negra apareció entre los maderos, cuando la tomo, la manta, pareció agitarse en su mano, como un animal que quiere huir, Enrique se asusto y dio unos pasos hacia atrás, aterrorizado.
No podía creer lo que le estaba pasando, tal vez —pensó —tal vez, es sólo el cansancio, tal vez lo imagine, esto, no puede ser.
Las nubes cubrieron completamente el cielo y la noche se tornó en una amenazante noche de tormenta, algunos truenos se escuchaban en el horizonte desvanecido.
Enrique, se acercó con cautela y con el corazón latiéndole en el cuello, sigilosamente se agacho y estiro su mano con precaución, como quien quiere tomar una serpiente venenosa. Tomo la manta, la extendió y sacudió una sonrisa se formo en su cara.
—Ya ves —se dijo así mismo, —Era sólo mi imaginación por el cansancio, es una magnifica manta, me protegerá de esa tormenta que se acerca.
La colocó alrededor de su espalda y cuando la juntó sobre su pecho, la manta se agitó con una violencia y una fuerza descomunal. Enrique, la soltó y salió corriendo del lugar, sin mirar atrás.
Las nubes comenzaron a pasar y nuevamente la luz de la luna ilumino el camino, Enrique se detuvo, después de su agitada y loca carrera, volvió la vista atrás, vio la manta tirada en medio del camino, como un pequeño montículo de hollín.
Se detuvo, resoplo y respiro dando grandes bocanadas de aire, se agacho y tomo las rodillas, tenía que recuperar el aliento y dejar que su corazón se calmara.
Desde unos cuantos metros, Enrique observaba la manta, pensó que podría ser un animal, una especie de animal parecido a una manta, pero que no era una manta, trataba de darle una explicación lógica a lo que estaba viviendo, pero no encontraba ninguna, trataba de convencer a su cerebro.
Su corazón le decía, ¡corre!, pero su lado cognitivo le decía lo contrario.
Cuando recupero el aliento, se tomo la frente, un sudor helado, le cubría, con la manga de la chaqueta se limpió. Se tomo la cintura, dio un gran respiro y luego exhaló lentamente, movió la cabeza para ambos lados y comenzó a dar pequeñas risas.
De pronto fijo la mirada en la manta, ésta comenzaba a levantarse, como si estuviera creciendo, es que no podía creer lo que pasaba, la manta se levantaba.
La manta se irguió hasta alcanzar el tamaño de un hombre muy alto, un sombrero comenzó a aparecer, coronando aquella terrorífica aparición, Enrique, estaba paralizada, luego el sombrero se hizo hacia atrás y Enrique apenas si respiraba. La figura espectral, comenzó a moverse en dirección a Enrique.
Enrique nos supo en que momento, comenzó a correr, sus pies casi no tocaban el suelo, cada cierto tiempo miraba atrás, la manta parecía mantener la misma distancia, Enrique estaba aterrorizado, el pecho parecía partírsele en dos y su respiración era dificultosa, creía desmayarse.
No sabe por cuanto tiempo corrió, pero las fuerzas le fallaron, tropezó y callo al suelo pedregoso, se quedo tirado, dando algunas vueltas y tratando de recuperar el aliento.
Enrique, se levanto y miro al camino, pero, ya no había nada.
Un ardor le molestaba en su rodilla derecha, su pantalón, estaba roto y la rodilla sangraba un poco, lo mismo ocurría en una de sus manos.
Salió por el camino, al trote, siempre mirando hacia tras, cojeaba un poco y la mano herida, la tomaba con la otra, luego de un buen trecho, creyó perder de vista a sea lo que hubiese sido, aquella espantosa aparición.
—Era el diablo —se dijo a si mismo —Nunca más volveré a caminar solo por éste camino, y menos de noche, jamás me creerán si lo cuento, jamás.
Los viejos, siempre contaban historias, acerca de apariciones, levantamientos y almas en pena, pero él nunca creyó nada, no creía en el diablo y ahora lo estaba experimentando en carne propia.
—Falta poco —se daba animo —debo llegar hasta el puente, cruzarlo, medio kilómetro más y estaré en casa, esto, sólo es una pesadilla, no me está ocurriendo, nada de esto está ocurriendo.
Comenzó a caminar, miraba atrás, su corazón estaba agitado, la boca la tenía seca, el camino adelante parecía eterno, nadie se veía, no había ninguna casa a kilómetros, quería gritar, pero sería en vano, quién vendría en su ayuda, quién le creería, estaba perdido, pero perdido de qué, qué era lo que estaba pasando. El dolor de la rodilla aumentaba, hizo un alto, tomo aire, lleno sus pulmones y exhaló. Deseaba tomar agua, había corrido lo que no había corrido en toda su vida, se acordó de Amanda, su novia, se veía linda con la luz de la luna. Le contaría, ella le creería, siempre le cría, como aquella vez que vio salir un objeto del río, en aquel lugar en donde el río se enancha, dando la forma de una laguna, era un objeto grande y luminoso, salió lentamente y luego, en un abrir y cerrar de ojos, desapareció, confundiéndose con las estrellas.
Caminaba con paso cansino, mirando como siempre hacia atrás, se detuvo, se fijo bien hasta donde su visión lo permitía, se detuvo justo a unos metros del puente, suspiró —A salvo —Dijo, y siguió caminando, se dio vuelta por última ves, antes de entrar al puente. El puente, era una gran estructura de metal, con cuatro pilares anclados en el río, una verdadera obra de ingeniería, veinte metros de largo cuatro de ancho y veinticinco metros de caída libre, con una pasarela de tablones de madera de roble.
Se volvió, se dirigía a casa, en eso con asombro vio un bulto negro en mitad del puente, la piel se le erizo en la espalda, su cuerpo entero comenzó a temblar, el bulto no se movía, se detuvo al dar el primer paso en la madera del puente, quiso dar la vuelta y escapar, pero el bulto, no se movía, estuvo diez minutos observando y nada. Decidió seguir, se hizo de valor y lentamente comenzó a avanzar, su corazón latía con fuerza, allá a lo lejos, se veía una luz, una casa, era su esperanza.
Cunado se acercó, comenzó a pasar por el lado, mirando la luz al otro lado del puente y de reojo, a la manta negra en el puente.
Se escuchaba el sonido del río allá abajo, sintió ganas de saltar, no sabía que hacer, cerro los ojos y apuro el paso, luego comenzó a dar largas trancadas, miro hacia atrás, ahí estaba la figura humana, el especto negro con el sombrero de ancha ala, cerro los ojos y corrió con todas sus fuerzas, no quería mirar atrás, pero no pudo evitar hacerlo, no había nada, dio vuelta la cabeza y a paso de llegar al final del puente, estaba la figura negra, chocó con ella, un horrendo grito se escuchó en el valle.
De la casa más cercana al puente, salió un hombre, vio una figura negra que se elevaba desde el puente, oyó unos gritos de terror, se asustó, entró a la casa y tomo un crucifijo que adornaba una vieja muralla de adobes, se persigno…—un levantamiento —Dijo— se arrodillo y comenzó a rezar.

…Nunca más se supo de Enrique, a la entrada o salida del puente, depende desde donde venga el viajero, se erigió un altar, con una Crucifijo Negro, dicen que recuerda aquel extraño y terrorífico suceso…

Rodrigo Orellana